domingo, 24 de febrero de 2013

La marea que cambiara el mundo.

Siento que tengo sentimientos ambivalentes respecto a los movimientos ciudadanos de protesta que están surgiendo:

Por un lado de admiración y esperanza de ver que los ciudadanos nos estamos involucrando de forma masiva en lo que pasa en la política y en el sistema que nos sostiene, y de ver que hay una sensación de unidad, de hermanamiento con determinación por exponerse para cambiar las cosas.

Del otro lado, de cierta sospecha que me lleva a la decepción, al echar en falta dos puntos importantes en las reivindicaciones que leo y oigo con más frecuencia: 

1) Autocrítica social: qué debemos cambiar también de nuestra propia cultura, que nosotros mismos hemos viciado y que forma parte de los problemas actuales (al fin y al cabo, nosotros también alimentamos al sistema), como el consumismo a base de creditazos, el mirar para otro lado durante la época de vacas gordas (y despreciar o llamar 'utópicos' a los que advertían de que estas cosas podían pasar), la obsesión por comprar pisos, la picaresca de las trampas 'en la declaración', el olvido selectivo de la pobreza que nuestro propio bienestar lleva generando en países peor avenidos que el nuestro, etc.

2) Poca ambición de las protestas. Al final, tengo la sensación de que la mayoría de la gente que protesta lo que quiere es volver a la comodidad perdida, al punto anterior a la crisis. Pero, fuera de medidas más o menos locales o circunstanciales (quitarle beneficios a los políticos, a los banqueros, a los mercados financieros, y entrullar a todos los corruptos), no percibo que la gente quiera arriesgar a modificar las cosas más radicalmente; no sólo cambiar de caretas o de actores que dirijan la sociedad, estoy hablando de cambiar de modelo de vida, de sociedad, de sacrificar comodidad para obtener un futuro mejor, no sólo para nosotros y para nuestros hijos, también para el resto del planeta. Porque, por cierto, lo que es indefendible, es defender nuestros propios derechos e ignorar ('allá se las compongan ellos y sus problemas, que cada uno salve sus maletas') los de quienes tienen exactamente los mismos derechos y deberes universales que nosotros, pero que nos pillan en canales de la televisión mucho más alejados del nuestro (y, permítaseme un comentario aparte: sigo sin entender cómo ninguna ideología de izquierdas puede defender fronteras que dividan la igualdad entre los ciudadanos). Esto implica volvernos animales políticos, sí señor, porque si el pueblo quiere ejercer su poder, cada uno de sus ciudadanos deberá actuar como político (en su sentido filosófico), y tratar de pensar con rigor (y fríamente) lo mejor para todos. 

¿Será correcta o incorrecta esta esta sensación de sospecha?. Ojalá que no sea así, y que los derroteros de esta crisis nos empujen a cambiar para mejor, aunque sea un poquito, este loco planeta.

CMA.

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